miércoles, 22 de marzo de 2017

"Yo tenía una granja en África" y mi abuela tenía una lechuza

 
Al final de cada libro de El Barco de Vapor, las editoras nos invitan a los autores a contar algo sobre nosotros. Tiene que ser algo relacionado con el libro. Es nuestro momento "abuelo Cebolleta".
A mí me divierte redactar ese "Te cuento que..." (así se llama la sección) y me encanta cotillear lo que escriben otros autores e ilustradores, empezando por las batallitas que cuenta Dani Montero, el ilustrador de La pandilla de la ardilla, en nuestros libros conjuntos.
En El descubrimiento de Rasi, uno de los últimos títulos de La pandilla de la ardilla, cuento la historia de la lechuza de mi abuela. Sí, mi abuela tenía una lechuza. No se crean que vivía en el campo o en una granja en África. La lechuza, y mi abuela, vivían en el centro de Zaragoza, a dos aletadas de El Corte Inglés. La lechuza Félix murió de amor, o, mejor dicho, fue víctima del amor. Ahora mismo no recuerdo si el primo homicida fue Pedro o Jesús, pero, ey, primos, fue uno de vosotros seguro.
Así lo conté en aquel "Te cuento que...". Así también conté, porque el "Te cuento que..." es un discreto confesionario, lo peligrosos que somos algunos cuando nos da por querer.

(Lo siento, les explicaría lo del caparazón pero entonces destriparía la historia.)

En la imagen: Karen Blixen, que tenía una granja en África, con su búho (Kenia, 1923). Fue esta maravillosa fotografía la que me llevó a recordar todo esto. La tuiteó @gloriafortun y la retuiteó @la_libritos. Gracias a ambas.

martes, 21 de marzo de 2017

Cómo hacer lectores en 'Patria'

Al grano: la literatura infantil y el fomento de la lectura no son el tema de Patria. Aparecen solo de refilón, pero Fernando Aramburu lo clava.
Algunos botones de muestra:
"Arantxa fue quien transmitió a su hermano pequeño la afición por la lectura. ¿Y eso? Es que de vez en cuando, por el cumpleaños, por el santo, por navidades o porque sí, le regalaba tebeos; pasados los años, algún que otro libro. Cosa, por cierto, que también hizo con Joxe Mari, pero sin resultado. Aquí, al decir de Arantxa, vendría a cuento la parábola famosa de la semilla y la tierra árida y la fértil. Joxe Mari era un yermo intelectual. En Gorka, tierra propicia, germinó la pasión por la lectura." 
Al hilo de este fragmento, dos cosas que funcionan y una reflexión. Las cosas que funcionan: regalar libros en cada ocasión y "porque sí", y dar de leer (a veces bastaría con "dejar leer") los a veces menospreciados cómics. Y la reflexión: ya puede hacer usted el paquete completo del perfecto fomento lector (leer los siete tomos de En busca del tiempo perdido delante de sus hijos, sacarles el carné de biblioteca cuando la única foto que puede hacerles es una ecografía, comprarles la bibliografía completa de Ibáñez, darles plena libertad para elegir sus libros, que lo que tenga usted sean niñas, que sean finlandesas...) que si una criatura  sale no lectora, sale no lectora. Esto se dice demasiado poco porque todos queremos seguir creyendo en las fórmulas mágicas y en la neurociencia, y dar charlas sobre el fomento de la lectura. Y porque hay que intentarlo, siempre, aun contra todo pronóstico.
"Hay más. Arantxa, siendo Gorka pequeño y ella apenas una niña de nueve o diez años, gustaba de leer en voz alta a su hermano, los dos sentados en el suelo, o él en la cama y ella a su lado, cuentos tradicionales; también historias de la Biblia en un libro con ilustraciones adaptado al entendimiento infantil."
Otra cosa que funciona, menos en los Joxe Maris estériles del mundo, claro: la lectura en voz alta y la lectura "de regazo". Les confesaré que este fragmento me resonó especialmente porque de mi camino lector, empedrado con libros de todo tipo, recuerdo especialmente una colección de cuentos tradicionales de la editorial Molino de cuando mi madre era pequeña y el tomo granate del Antiguo y truculento Testamento, pero esa es otra historia.
"Arantxa (...) lo animó a dedicar en el futuro sus mayores esfuerzos creativos a la literatura infantil.
–Mientras escribas para niños, te dejarán tranquilo."
Es así, tal cual. Una prueba de que Arantxa tiene razón es que, puestos a escribir un libro, las princesas lo escriben infantil. Y es que se da una maravillosa contradicción: siendo la literatura infantil la más formativa (no necesariamente porque haya decidido serlo sino por ser sus destinatarios personas en periodo natural de formación), se la percibe como inofensiva.
Digo que la contradicción es maravillosa porque mientras somos percibidos así, los autores de literatura infantil vamos haciendo la nuestra y solo muy de vez en cuando, salta la liebre. ¿Invisibilidad de la literatura infantil y juvenil? Nos quejamos de ella pero igual los de la LIJ deberíamos sencillamente seguir a la chita callando y aprovechar las ventajas de ser invisible. Y lo cómodo que es no figurar.

Una cosa más, para acabar, Gorka, al que Arantxa anima a escribir para niños, en un momento dado dice:
"Yo tengo claro que me pasaré la vida escribiendo para niños, aunque estoy hasta el gorro de brujas, dragones y piratas."
Esto también se dice poco. Porque en general quienes escribimos para niños lo hacemos desde la pasión y porque, percibidos como autores menores, tenemos una especie de complejo de Napoleón que nos lleva a elevar la literatura infantil a podios mayestáticos, y no es para menos. Pero que levante la mano quien no haya sentido un momento de hartazgo, un deseo de no medir las palabras, de meter ese chascarrillo para adultos, de escribir de corrido y sin miramientos. Bueno, no, que eso, levantar la mano para autobeatificarse es fácil. Quizás yo misma lo haría en un momento de mesianismo. Que levante la mano quien, escribiendo para niños, haya tenido la tentación de abandonarlos en el bosque. Podría levantarla el propio Aramburu. Él publicó dos libros infantiles en la serie blanca de El Barco de Vapor (creo que son los mismos que se recogen ahora en Mariluz y las extrañas aventuras) y recuerdo haber leído hace tiempo un libro suyo publicado en Tusquets, en la colección negra de toda la vida, la que siempre, que yo sepa, ha tenido como destinatarios a los adultos, con el subtítulo Un relato para jóvenes de ocho a ochenta y ocho años.    
Miren, he ido a buscar un enlace al libro para que pudieran verlo si tenían curiosidad y he dado con esta reseña de Vida de un piojo llamado Matías, que así se titula el libro, que acaba con tres preguntas de Ángel Basanta a Fernando Aramburu. Acabaré (gracias por la lectura y por la paciencia) estas fascinantes lecciones patrióticas sobre fomento de la lectura y literatura infantil con la primera de las preguntas. No se puede responder mejor:
A.B. ¿Cambia en algo escribir para un adulto o para un niño?
F. A. Cambia en bastantes aspectos. Uno de ellos se me figura a mí esencial. Y es que cuando escribimos para adultos no tenemos por qué sujetarnos a responsabilidades de tipo pedagógico. Los niños hacen una lectura más emotiva que analítica. El lector adulto es más sufrido. Incluso se le puede fascinar sin necesidad de respetarlo.
En la imagen, dos hermanos, Gorka y Arantxa, Federico e Isabel, leen juntos. 

lunes, 6 de marzo de 2017

Estriptis

A estas alturas qué les voy a contar de Patria que no hayan leído ya.
De esta novela de Fernando Aramburu se ha dicho y se dirá de todo. Se escribirán tesis y tesinas: "Ontología de la adversidad: recreación de la climatología zaragozana en Patria"; "Patria sobre ruedas: mística del cicloturismo en el País Vasco"... Eso, por no aventurar el título de las más obvias, las que se escribirán desde facultades de Ciencias Políticas.
Yo, claro, voy a lo mío, que a veces parece que es la literatura infantil.
Pero antes de hablarles de "Literatura infantil y fomento de la lectura en Patria", déjenme compartir algo que igual aún no se ha dicho de este libro. Puedo hacerlo porque compré el libro en la versión digital para kindle y lo leí cuando Patria ya llevaba unas semanas publicada.
Cotilla como soy, una de las cosas que a mí me gustan de leer en el kindle es lo de ver los subrayados. Cuando compras un libro de segunda mano, puedes acceder a dos mentes, la del autor (si la tiene) y la del lector que te precedió (de nuevo, si la tiene). Pero es que cuando lees un libro en versión digital, al menos en el kindle, puedes ver los subrayados de muchos otros lectores. Vas leyendo y de repente el kindle tiene a bien informarte de que "13 han subrayado" o 10 o 25 o 16.
Rara vez me sorprenden los subrayados del kindle. Suelen ser las típicas frasecitas con aire de aforismo que se nos escapan a todos los autores menos a Aloma Rodríguez, las típicas que podrían firmar La Rochefoucauld, Montaigne, Oscar Wilde o Mark Twain. En Patria hay algunos de esos subrayados:
"Nos esforzamos por darle un sentido, una forma, un orden a la vida, y al final la vida hace con una lo que le da la gana". 154 han subrayado
"No se te ocurra construir tu vida sobre la mentira y el silencio. Es lo peor, te lo aseguro."
Pero además hay en Patria algunas frases de entre las más subrayadas que son escasamente  aforísticas. Son frases aparentemente banales que ponen el miedo sobre la mesa, frases que uno subraya cuando nadie le ve, porque hasta ahora fue así, hasta la llegada del libro digital nadie tenía por qué ver esos pequeños estriptis que son los subrayados. Detrás de cada subrayado intuyes que hay una persona asintiendo, porque eso son los subrayados: asentimientos por escrito que nos desnudan. (Ey, subráyenme esta frasecita, que me ha quedado fetén.)
"Si te crees tan listo, vete a contarle a don Serapio que tu hija se ha casado fuera de la iglesia con uno que no habla euskera."
"Pero los amigos arrastran y vas [a la Arrano Taberna]. Si no vas, se nota. Y si se nota, malo."
Igual que uno cree intuir quién es el autor a través de sus personajes, también puede intuir quiénes son esos otros lectores a través de sus subrayados. Supongo que eso también es la cacareada lectura social.

Ay, me enredé con esto y no les aburro más por hoy. Ya otro día les doy la tabarra con los jugosos subrayados de Patria sobre literatura infantil y fomento de la lectura.
Que ustedes subrayen bien.

En la imagen, de André Kertész: hombre buscando a otros hombres o mujeres en los subrayados de un libro de viejo.

viernes, 3 de marzo de 2017

La intensa

Hoy cambio de biblioteca porque hasta a las personas conformes nos gusta tentar a la vida con pequeños sobresaltos.
Esta biblioteca, la Central Library, es enorme y está llena de libros, sí, pero también de gente. Encuentro un sitio donde rematar la historia que ando escribiendo. Abro el ordenador, abro Word, abro internet (porque hasta a las personas disciplinadas nos gusta distraernos de vez en cuando) y me pongo a ello.
Al poco rato, se sienta enfrente un señor mayor. Tiene la piel como la corteza de un árbol centenario. Este sí que parece un poeta, o un mendigo, o las dos cosas. Se pone a leer el New York Times, que es una cosa muy de mendigo poeta en Dublín.
Yo sigo a lo mío, que es escribir, y zascandilear en internet, y mirar a ese chico ¿o es una chica? que está en diagonal a la derecha, y ver por qué página del New York Times va el mendigo poeta de enfrente, y controlar cuántos donuts le quedan por comer al de mi izquierda (sí, esta bibioteca es muy laxa), y admirar la barba diría que recién cortada del pelirrojo (lo juro; no es cliché) que estudia economía a la izquierda en diagonal, y mirar si los zapatos que lleva aquella señora junto a las revistas le hacen juego con su boina roja...
Pero nada de eso, ninguna de mis distracciones, parece ver el mendigo poeta porque cuando recojo el ordenador, me llama discretamente y me dice:
–Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?
–Sí, claro.
–He estado mirándola y... ¿Podría decirme qué ha estado haciendo todo este rato?
Y yo resumo:
–Escribir.
–Escribir... –rumia el mendigo poeta–. ¿Escribir qué? ¿Un libro?
Y yo:
–Un libro.
Y el mendigo poeta:
–Ya decía yo. Es que notaba algo... Tenía usted una... intensidad. Disculpe, se lo preguntaba solo por curiosidad.
Y antes de irme, el mendigo poeta, que ve que la necesito, me desea buena suerte.

Ya ven, soy la intensa que escribe en las bibliotecas. Me reconocerán por eso, por mi intenseness.
Eso si no me pillan mirando al barbudo de enfrente.

En la imagen, de Patrick Redmond, Catherine Walker interpretando a Maeve Brennan en la obra The Talk of the Town, de Emma Donoghue.

miércoles, 15 de febrero de 2017

El asalto de la poeta inadvertida

El niño tiene catarro y, a falta de nuestra farmacia del Parque Roma, nos vamos al Boots más cercano a por respuestos de Nurofen, y para que el niño se despeje un poco.
Nada más salir de casa, de frente, vemos acercarse a una señora con perrito. La señora es normal y el perrito es medio feo pero es un perrito y ya lo estamos mirando y diciendo "uy uy uy" cuando la señora se para a nuestro lado y me dice:
–¿Es usted la madre de este niño?
Y yo pienso:
1. A ver qué ha hecho.
2. Qué bien. Esta señora me ha confundido con una jovenzuela au-pair.
–Sí, sí, soy yo.
Y ella, que viste de rojo, nos dice:
–Soy una poeta.
Ya, ya. Y mi abuela, motorista.
Aquí en Irlanda se creen que los versos crecen en los árboles.
La poeta del perrito me pide permiso para recitar un poema a mi hijo y –permiso concedido– le pregunta a él cuántos años tiene. A partir de ahí se pone a recitar un poema sobre un niño que tiene su edad.
¡El poema es buenísimo!
La poeta es una poeta.
–Pues ya sabes –le dice a mi hijo cuando termina de recitar su largo poema sobre la condescendencia de los adultos con los niños–. Cuando vuelvas a verme, me dices: "Hola, Siobhán. Recítame un poema" o "No, Siobhán, ya estoy harto de tus poemas". 
Y antes de que yo pueda cerrar la boca, que lleva cinco minutos abierta, la poeta desaparece con su perro, como por arte de magia.
Ni tiempo he tenido de preguntarle por su apellido.
He puesto en google "Siobhán poet" y "Siobhán poet Dublin". Hay cientos. ¿No les digo que aquí salen poetas como setas? Pero ninguna de las poetas de google es la nuestra. Mejor.
Esperaremos a que nos vuelva a asaltar.

Imagen de Ruth Jacobi.

domingo, 12 de febrero de 2017

Intenté quererte

Yo intenté quererte, te lo juro.
Primero porque parecía casi obligado.
Claro que quizá ese no sea el mejor modo de empezar un amor. Dichosos los que eligen a quién querer.
Todos a mi alrededor te querían. No quererte habría sido ir a contrapié. 
Quererte era un mandato, y yo era muy obediente.
Te dedicaba dibujos y poemas malos. Me obligaban. Y a mí me gustaba obedecer.
Sí, supongo que te quise.
Quizás fue mi culpa. Quizá no intenté conocerte a fondo. Lo sé por quienes te quieren mejor que yo. Eres mejor de lo que pareces. Pero yo no te recorrí por entero, perdona.
Tampoco lo ponías fácil.
Cuando me fui, no fue por ti. Pero el caso es que me alejé de ti. Y todo, lejos de ti, era más divertido, más libre, y había agua y sal y risas y el viento no me arrancaba lágrimas y la única niebla aparecía en mis gafas cuando entraba en el Luz de Gas y aquel otro sol se podía soportar tumbada en una azotea, y me ponía morena y fui una versión mejor de mí de la que era a tu lado. No dudo que si fui más feliz lejos de ti, fue también, fue sobre todo porque yo era joven y corría tanto que más bien volaba, y porque de vez en cuando volvía a ti.
Cuando quise formar una familia, pensé que podría volver y quedarme para siempre a tu lado. "¿Dónde iba a estar mejor?" fue una pregunta retórica. Si hubiera intentado responderla seriamente, quizá habría acabado a cientos de kilómetros de ti. Seguramente habría podido hacer una lista con más de quinientos lugares mejores que tú. Pero no lo hice. Lo di por hecho, y volví a ti. Y entonces me metí, me metiste en una jaula que ni siquiera era de oro, una jaula herrumbrosa, con la fealdad de las cosas que pretendieron modernas y se quedaron antiguas, con hojas sucias del Heraldo de Aragón pinzadas en el suelo de la jaula, con el cuenquito del agua siempre vacío, con un comedero con cuatro granos de alpiste mezclados con restos resecos de excrementos. Y allí languidecí unos años. ¿No me oías cuando piaba? ¿No escuchabas cómo te pedía un poco de agua o una caricia o algo?
¿Qué otra cosa te ocupaba?
Más desesperada que harta (porque sí, te quiero), un día volé, volé a un lugar donde el clima me parece bueno, comparado con el tuyo. Volé a un lugar que es un calco exacto del dibujo que de niña hacía cuando me pedían que dibujara "una casa". Casas de ladrillos, con tejado a dos aguas, con chimeneas, con un caminito de entrada rodeado de verde, mucho verde, y colinas suaves verdes, muy verdes, pintadas detrás de la casa, y árboles verdes, grandes, desesforzados, árboles que no son pinos, y flores, y pájaros, y nubes algodonosas en un cielo que a veces, muchas más de las que tú te crees, es azul.
No creas que te echo de menos. Y esto, este desapego, me hace a mí peor que a ti. Pero me hace libre.
Llevo mucho tiempo acariciando una idea y hoy he tomado la decisión definitiva: voy a vender el piso.
No eres tú, Zaragoza, no eres tú; soy yo.
Yo te quiero, claro, cómo no voy a quererte (y prefiero que esta sea también una pregunta retórica).
Pero adiós, Zaragoza. 

Todo sea que en unos años me vean protagonizando el Volverás.

Imagen: fotograma de Nobleza baturra.
Y todo esta llorera viene del Cuaderno italiano de Goya que enseño Jesús Cuartero aquí.

martes, 31 de enero de 2017

Exposición temporal

Ayer recibo un mensaje del profesor de mi hijo, que mañana van a la National Gallery, a ver la exposición de Turner, que los padres que quieran acompañar a sus hijos que vengan.
Vida loca, cambio mis planes de la noche a la mañana y decido que iré con ellos.
Menos mal.
Es, pero yo no lo sabía, el último día de la exposición. Me lo cuenta la profesora de apoyo. Me dice que estos cuadros de Turner solo pueden verse una vez al año, durante unos días. Seguramente eso hace que vaya más gente a verlos, me dice. En realidad, la idea no procede del departamento de marketing del museo. Es una de las dos condiciones que puso Vaughan para legar estos cuadros que fueron suyos. Vaughan estaba obsesionado con que no los destruyera el exceso de luz. Son acuarelas. Llegaron en oscuros cofres de madera de roble. Solo se exponen durante el mes de enero, el mes más oscuro. La otra condición es que la entrada a la exposición fuera gratis.
Me cae bien este Vaughan. Heredó una fortuna de su padre, que era sombrerero. No se casó, no tuvo hijos, compró cuadros, a su muerte prefirió que su colección se dividiera entre Londres, Edimburgo y Dublín. Gracias a eso hoy los niños de un colegio de Dublín han podido ver esas acuarelas.
La guía pregunta a los niños qué saben de Turner. Ignora que los niños llevan un par de semanas volviendo del colegio con pintura azul oscura con suerte solo en las manos. De todo lo que han aprendido hay una cosa que nunca olvidarán. Es la que me contó mi hijo nada más saberla y la misma que suelta M. después de levantar la mano: "Esperaba las tormentas para salir en barco y pedía que le ataran al mástil". La guía ni lo confirma ni lo demiente. Sonríe. Luego les cuenta lo que ya me ha contado la profesora de apoyo, lo del legado de Vaughan, y que las paredes donde se expone la colección son oscuras y la luz, suave. Las acuarelas son delicadas.
Vamos por ahí como si fuera al óleo pero la vida, me temo, es una acuarela, una exposición temporal.
Con suerte vivimos tan alegremente que para recordar nuestra vulnerabilidad tenemos que recurrir a prácticas deportivas, como hacernos atar al mástil de un barco.

Imagen de Elliot Erwitt.